En 1996, sentí la necesidad de volver a una de mis esencias: el trópico. Pero más allá de su paisaje, quise explorar el calor humano que germina bajo ese sol. «Amor Tropical» es mi homenaje a ese vínculo profundo y sereno que nace en la calidez, una conexión casi telúrica entre dos seres que se acompañan en silencio.
La cerámica me permitió evocar esa sensación terrenal. Partí de esmaltes oscuros y profundos para dar forma a las figuras, como si emergieran de la tierra fértil. Luego, casi como un acto de revelación, rasgué la superficie para dibujar con líneas blancas su contorno y su unión. Ese trazo es la luz que las define. El amarillo vibrante del fondo no es solo color, es el calor denso del aire, y la palmera, el único testigo de ese instante de quietud.
Al cocer la pieza, el fuego unió todos estos elementos para siempre. Para mí, esta obra representa un amor maduro, sereno y fuerte, un refugio de paz en medio de un entorno vibrante y lleno de vida. Es un recuerdo del calor —tanto el del sol como el del alma— que quise hacer eterno.




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