Siempre me ha cautivado la fuerza que emana de la figura femenina. Con «Morenas», una obra que realicé en 1997, quise alejarme de las máscaras y los disfraces para capturar una presencia más directa, más terrenal. Este es mi tributo a la mujer de piel canela, a esa belleza poderosa y serena que no necesita artificios. No son personajes de una fiesta; son la encarnación de una tierra, de una herencia.
La cerámica era el medio perfecto para transmitir esa sensación de origen. Trabajé con esmaltes oscuros, con tonos caoba y tierra, para darles una solidez casi totémica. Luego, rasgué la superficie para liberar la luz con líneas blancas, que para mí son la caligrafía de su carácter y de su alma. El fondo azul intenso no es un cielo, es el aura que las rodea, un color que contrasta y exalta la calidez de su piel. El fuego del horno fundió la fuerza de su mirada con la dureza de la loza, volviéndola imperecedera.
Para mí, «Morenas» es una obra sobre la dignidad y el poder silencioso. En sus miradas directas quise reflejar una sabiduría ancestral, una calma que lo ha visto todo. No posan para el espectador; simplemente son, y en ese acto de ser radica su inmensa fuerza. Es un fragmento de la feminidad esencial, inmortalizado en arcilla.




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