Cuando creé esta pieza en 1994, no me interesaba la algarabía del carnaval, sino el silencio que se esconde detrás de la máscara. En «Juegos Venecianos», quise explorar esa intimidad, ese instante en que los personajes se quitan el disfraz del alma, aunque sus rostros sigan cubiertos.
Imaginé a estos dos arlequines en un rincón de Venecia, ajenos a la fiesta, compartiendo un secreto o quizás una melancolía. La cerámica fue mi cómplice en esta confidencia; en la superficie de la arcilla grabé su historia, y el fuego del horno no hizo más que sellar su pacto para siempre. Cada color vitrificado en sus trajes es parte de ese lenguaje silencioso entre ellos. Por eso, para mí, esta obra no es sobre el carnaval; es sobre la conexión humana que sobrevive incluso en medio del caos. Es un recuerdo de tierra y fuego sobre la belleza de un instante compartido.




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