Siempre he creído que las ciudades tienen su propio pulso, una vibración única que se siente en el aire y en el asfalto. «Città I», creada en 1996, no es el retrato de un lugar específico, sino mi intento de capturar esa energía pura, el alma de una metrópolis que vive en mi memoria.
Sobre la placa de cerámica, que para mí es como un fragmento de la propia tierra, trabajé con una urgencia casi febril. Los trazos negros y densos son sus arterias, las calles y las sombras que se entrelazan. Las manchas amarillas, aplicadas como golpes de luz, son sus ventanas encendidas en la noche, cada una un refugio, una historia anónima. Dejé que el esmalte goteara y se expandiera, porque ninguna ciudad es perfecta; su belleza reside en su caótico y vibrante desorden.
Al entrar al horno, todo ese movimiento se detuvo y quedó sellado para siempre. Para mí, esta obra es exactamente eso: el latido de un corazón urbano, un instante de su vida frenética que quedó grabado en la nobleza de la cerámica.




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