El arlequín es un personaje que siempre me ha perseguido; lo veo como un espejo del propio artista. Con «Arlequín Juguetón», obra que realicé en 1996, quise jugar con la ironía y la percepción. Le di un título que sugiere alegría y ligereza, pero mi verdadera intención era invitar a mirar más allá, a descubrir el mundo complejo que se oculta en sus ojos.
La cerámica me ofreció la robustez y la textura que necesitaba para darle vida. Apliqué los esmaltes con densidad, casi como si estuviera esculpiendo, construyendo su identidad capa por capa. Las líneas que grabé en la superficie son las grietas de su máscara, el mapa de su alma. El amarillo intenso del fondo es la luz del escenario, esa exigencia de alegría que contrasta con su mirada serena y profunda. El fuego del horno lo hizo inmutable, sellando para siempre esa dualidad entre su rol y su ser.
Para mí, este arlequín es un guardián de historias. Su juego no consiste en hacer piruetas, sino en retener una sabiduría silenciosa. Es un homenaje a la profundidad que existe detrás de cada personaje que interpretamos, una verdad que quise dejar grabada en la superficie eterna de la arcilla cocida.




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