Después de explorar el silencio interior del arlequín, sentí la necesidad de darle una historia, un ancla en el mundo de las emociones. La rosa fue ese ancla. En esta obra de 1997, el personaje ya no está solo en su introspección; ahora carga con un símbolo, un afecto. La rosa sobre su hombro no es un simple adorno, sino un secreto a voces: ¿es un regalo recibido, una promesa o el recuerdo de una pasión?
La cerámica, con su cualidad de fósil, era el medio ideal para capturar este momento cargado de simbolismo. El fondo amarillo vibrante es el mundo exterior, el escenario con sus luces y sus arcos venecianos. Sobre ese mundo, construí al arlequín con esmaltes oscuros y densos. La rosa, con su rojo intenso, fue el último toque de color y de significado. La grabé en la superficie para que pareciera a la vez delicada y permanente. Al someter la pieza al fuego, volví eterno ese gesto: el del guardián silencioso que lleva consigo una flor, un vestigio de ternura en medio del carnaval.
Para mí, esta obra es sobre la vulnerabilidad que se esconde detrás de la máscara más fuerte. El arlequín es el eterno actor, pero la rosa revela su corazón. Es un retrato de la dualidad entre el rol público y el amante secreto, una celebración de un sentimiento que sobrevive a todo, inmortalizado en la superficie de la arcilla.




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