El mito de Adán y Eva es una historia que llevamos en la sangre, una memoria ancestral. En 1997, quise alejarme de la iconografía clásica para buscar la esencia de ese relato. No me interesaban sus rostros, sino la atmósfera del jardín en el momento crucial: la tensión, el deseo y la inminente pérdida de la inocencia. Esta obra es mi visión de ese paraíso a punto de quebrarse.
La cerámica fue mi jardín del Edén. Sobre ella, trabajé con esmaltes verdes y oscuros para crear una vegetación densa, casi sofocante, donde las figuras son apenas siluetas, parte del propio paisaje. La mancha roja es el fruto prohibido, una herida de color en medio de la calma verde, mientras que la textura dorada insinúa la presencia de la serpiente. Con líneas blancas y febriles tracé la energía que lo envuelve todo, como si la naturaleza misma estuviera conteniendo la respiración. El fuego del horno petrificó ese instante, convirtiendo el jardín en un fósil del momento exacto en que todo cambió.
Para mí, esta pieza no es una historia religiosa, sino una meditación sobre la naturaleza humana, la curiosidad y la tentación. Es un paisaje primordial, el escenario del primer dilema, un momento suspendido en el tiempo que quise inmortalizar en la tierra cocida.




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